En esta tarde divina de enero paseando por la orilla del mar
sentí como mis pies en la arena se hundían, y los dedos de mis
pies los sentía que buscaban algo... no sé qué, ¿que sería?...
el calor de la arena me transporta a mirar las olas embravecidas,
me sentí como una pieza de puzzle perdida, pero una ráfaga de
viento me sacudía, mi vestido de blanco hilo con puntillas,
formaban un vaivén en mi cintura ceñida, sin mirar y con ojos
empapados por la bruma del mar ese mar de mi Argentina,
bravo Atlántico de olas gigantescas que pegan en las rocas
cada día, yo sentía la belleza de esta costa tan querida,
de los días tan felices de mi vida, de paseos de juegos
de raquetas en compañía, ¡que alegría que tenía!
con mi niña pequeñita yo jugaba a los castillos de arena
con sus manitas, y sus ojitos celestes me miraba, y yo
embelesada me quedaba satisfecha de ver que ingeniosa
era mi niña, nos bañábamos y nadábamos las dos juntas
y su padre asustado nos decía no se alejen que la mar esta
enbravecida, pero nosotras nos reíamos y seguíamos buceando,
observando los pececillos de colores, y algas verdes
y bajo el agua como sirenas nos buscábamos y luego salíamos
así pasábamos nuestras vacaciones riendo todos los días.
Nos poníamos tan morenas que no nos conocían.
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